La profecía había sido cantada por los ecos del oleaje en los caracoles, que fueron echados por la anciana del desierto. Su canto dijo que el trébol de mar crecería en las playas de niebla espesa en el próximo cuarto menguante. Podría ser encontrado únicamente por aquel delgado niño de cabellos azules, ojos felinos y que hablaba como ave. El mapa estaría trazado en su calcárea piel cual constelación de lunares, enlazado uno a otro en un patron infinito y de lectura engañosa. Sólo él podría levantar el perpetuo eclipse invernal en el corazón de nuestro mundo. Mirando con sus ojos sin luz al trébol de mar podría encontrar el nuevo significado de la vida sin sol.
O.P.G.